Coronilla a la Divina Misericordia

Antecedentes     Santa María Faustina

 

“Alienta a las personas a decir la Coronilla que te he dado… Quien la recite recibirá grande misericordia a la hora de la muerte… Los sacerdotes la recomendarán a los pecadores como su último refugio de salvación… Deseo conceder gracias inimaginables a aquellos que confían en mi Misericordia… A la hora de las tres imploren mi Misericordia, especialmente por los pecadores… Esta es la hora de gran misericordia para el mundo”.

Diario de Santa María
Faustina Kowalska.

 

Se utiliza un rosario común de cinco decenas.

  1. Comenzar con un Padre Nuestro, Avemaría, y Credo.
  2. Al comenzar cada decena (cuentas grandes del Padre Nuestro) decir:

“Padre Eterno, te ofrezco el Cuerpo,
la Sangre, el Alma y la Divinidad
de Tu Amadísimo Hijo,
Nuestro Señor Jesucristo,
para el perdón de nuestros
pecados y los del mundo entero.”

  1. En las cuentas pequeñas del Ave María:

“Por Su dolorosa Pasión,
ten misericordia de nosotros
y del mundo entero.”

  1. Al finalizar las cinco decenas de la coronilla se repite tres
    veces
    :

“Santo Dios, Santo Fuerte,

Santo Inmortal, ten piedad de
nosotros y del mundo entero.”

CORONA AL SEÑOR DE LA DIVINA MISERICORDIA

“Señor Dios, que desde lo alto del cielo nos miras 

y ves nuestra miseria  material y espiritual. Tú, que eres

Justicia, Sabiduría,  Bondad Infinita, protégenos a nosotros,

pobres  pecadores, de todos los males y, en especial de aquellos del espírítu.

Ten piedad, Padre de Misericordia, de todos tus hijos que hemos pecado

y seguimos pecando. Delante de Tí, te invocamos, Padre nuestro para  que tu

Misericordia baje sobre nosotros, nuestras familias y sobre

el mundo creyente. Amén”

ORACIÓN AL SEÑOR DE LA DIVINA MISERICORDIA

” De nuevo aquí me tienes, Jesús mio, confuso y humillado ante tu altar.

Sin saber  que decirte ni que hablarte.

                                                                                                              Ansioso solamente de llorar.

Vengo del mundo, vengo del combate, cansado de sufrir y de luchar.

Traigo el alma llena de tristezas y hambriento  el corazón de  soledad.

De esa soledad dulce, divina, que alegra tu presencia celestial.

Donde el alma, tan solo con mirarte, te dice lo que quiere sin hablar.

Mis miseria, Señor, aquí me traen. Mirame con ojos de piedad.

Soy el mismo de siempre, Dueño mío, un abismo infinito de maldad,

un triste pecador siempre caído, que llora desconsolado su orfandad, 

y gime bajo el peso de sus culpas y ansia recobrar su libertad.

Soy un alma sedienta de ventura, un corazón que muere por amar

y abrasarse en la llama inextinguible del fuego de tu eterna caridad.

Concédeme, Señor, que a Tí  me acerque, permite que tus pies llegue a besar.

Déjame que los riegue con mi llanto y sacie en ellos, mi ardoroso afán.

¡Oh, qué bien se está aquí mi dueño amado!, ante las gradas de tu Santo Altar.

Bebiendo de la fuente de agua viva, que brota de tu pecho  sin cesar.

Quién pudiera vivir eternamente, en aquella divina soledad, gozando de tu amor

y tu hermosura, en un éxtasis dulcísimo de paz.

Amén”

 (Tres) Glorías. Amén